viernes, 6 de mayo de 2011

Insomnes reflexiones


Luego de algunos meses -estos últimos- de mundanos experimentos -planchando, lavando, quemando el arroz y bañando al perro- en el intento de habituarme a la rutina y el anonimato perpetuo, he terminado convencido de que la cosa no va para más.

Primero porque me acabo de enterar que las medias de vestir no se planchan, que las planchas de la señora no se lavan, que el arroz se lava pero antes de cocinar, y que al pobre perro la ducha con detergente le inocula inmediatamente la huída despavorida del hogar.

Por lo tanto, y al igual que las muchachas embarazadas por quinta vez, siento que no queda otro remedio que el regreso –claro, después de encontrar al perro y dejarlo hecho un anís para que la señora no nos mire con rabia-.

Es un regreso extraño.

Uno se queda pensando en las miles de dudas que le llueven peor que la lista de útiles escolares en estos días. Al final uno regresa con el rabo entre las piernas. Porque, ya había un libro por ahí, algunos cuentos, varios artículos desperdigados, alguna que otra idea que se va, viene y de nuevo se traspapela -y ahora más- entre cada recibo y nuevas obligaciones más enredadas que los tallarines de la abuela. Y siempre pasa que uno las acoge, luego las abandona. Se enamora tanto, regresa, se entrega y una vez en el espasmo de cerrar los ojos, de fluir alguna nueva idea, se vuelve a extraviar porque es como una maldición el no estar feliz si no es cerca, estar tan cerca o dentro de ella.

Es el mandato interior que Miguel Gutiérrez bien llamaba: Esto que tal vez nadie leerá. Porque fíjese usted; quién diablos le ordena a uno quedarse hasta las tres de la mañana escribiendo sobre un anciano filántropo que nadie conoce, o después de apagar el televisor, pensar en la triste evolución de la existencia que puede ser lo mismo referirse a su involución, porque el hombre mientras más avanza retrocede y mientras más retrocede también avanza. Cada paso hacia atrás le abre la visión de lo que tiene al frente y se siente más poderoso, y mientras más poderoso el hombre más débil es el ser humano.

¿A quién le importa esto?

Seguro que a más de uno, y a uno también.

Le debe pasar a usted que todavía tiene la capacidad de sorpresa.

Al mirar las atrocidades que el ser humano suele cometer debe sentir algo de repulsión por algunos de esos genes que nos multiplican. En qué clase de mundo o sociedad se quedarán los que nos suceden. Un padre desnaturalizado ultraja a su hija de apenas meses de nacida. Otro dispara y deja parapléjica a otra niña porque es simplemente un asaltante que mata para vivir, y uno, como dice Sabines, que no tiene piel, se hiere, da vueltas -como el perro- sobre el mismo hecho ajeno y por más que se distancia, al final termina consumido por los hechos –ajenos-.

Por ejemplo, hoy de la nada me acaba de asaltar una lluvia casi apocalíptica. Puede parecer un tormento caminar así, enlodándose los zapatos y cada vasta del pantalón, con los hombros mojados. Claro, es agradable dejarse abrazar por la lluvia de vez en cuando. Pero de pronto me encuentro con miles de caracoles que aparecen para nadie al pie de los arbustos que rodean un parque, esos caracoles invaden las veredas solitarias, salen de sus escondites como apresurados, sin dejar rastro alguno y sin una dirección exacta. Se arrastran ciegos, lentos, moviendo, subiendo y bajando sus acuosas antenas, tan lentos que parecen detenidos desde mis ojos, pero se mueven en medio de un mimetismo grisáceo, oscuro, a la sombra.

Uno se detiene frente a ellas. Las observa. Algunas están molidas porque algún salvaje que pasó por ahí nunca se fijó en la danza de caracoles que se crujían debajo de sus pies. Es en esta calle, a la espalda y las dos laterales que bordean este parque. Por qué justo después de caminar ensopado por la lluvia uno se detiene a ver este cuadro invisible. Quién sabe. Deben ser los puchos de sorpresa que nunca se acaban.

Uno regresa invadido por algún nuevo motivo para escribir. Se introduce en sus adentros. De pronto todo desparece, reina el silencio absoluto y luego no queda nada más que asumir la voluntad de los fantasmas interiores. Entonces uno no sabe qué puede suceder después. Más aún si de pronto, sobre la paz de la habitación, a mitad de la madrugada, en medio de la calma retumba una voz:

-Son las 3 de la mañana… a qué hora vas a apagar la luz!!!

-Si amor… ya voy.

Siempre hay algo que uno no entiende –como el alfabeto chino o la reelección de Burgos en San Juan de Lurigancho-. Y cada vez entiendo poco del alma humana.

Basta con mirar las noticias en señal abierta. La televisión nacional en su naturaleza ya es una enfermedad que produce tupidés mental -porque nos dejan con el cerebro tan tupido que para salvarlo habría que taladrarlo con una broca de tipo excavación minera-. Especialmente los noticiarios matutinos, esos con los que uno termina formateándose el cerebro cada mañana convencido de que la vida vale menos que un tarro de leche vacío, y que zamparle un hachazo limpio al vecino del tercer piso que no nos deja dormir no sería mala idea.

Es un dilema dejarse llevar, arrastrarse a la sistemática función televisiva de los medios que más parecen un octavo. A uno se le carcome el cerebro porque al final sucede lo mismo que en la política donde el que tiene el deber de decir algo se calla. El que debe callar -tratándose de las sábanas del otro- lo dice. El que dice algo -necesario para desasnar la sociedad-, se queda, pero sin chamba -especialmente si trabaja para el canal del Estado-. Y el que calla algo teniendo la obligación moral de decirlo a gritos de paciente de Essalud, lo hace porque sabe que buscar trabajo en estos tiempos es prácticamente una lotería y que eso de asaltar bancos en Gamarra ya no es negocio.

Sin duda existen alternativas en cuestión de medios –que nos salen a mitad de precio-: la prensa escrita, el internet, mudarse a Suiza o esperar sin boleto en la cola de la reencarnación; pero como nada en este mundo es exacto puede que uno regrese convertido en mono y continúe haciendo payasadas -a la que estamos acostumbrados-, ya no desde una curul del Congreso, o desde una candidatura presidencial como la de Keiko Fujimori y su hermanito Kenyi –eso sin contar con el golpista Yoshiyama quien postula para vicepresidente- , pero sí desde una rama seca que es como va quedar nuestro cerebro.

Y es cierto.

La situación habrá cambiado como país, podremos estar mejor económicamente. La economía nada tiene que ver con el espíritu individual del ser humano. ¿Y a quién diablos le interesa el espíritu individual del ser humano, digo?

Como alguna vez dijo Bejarano: Al final uno termina hablando como un loquito de algo que a nadie le interesa.

El hombre ambiciona más por naturaleza, alcanza mayores cosas, se deslumbra con los números y se descontrola; se compara con un dios; pero desinformado también le dice adiós a su esencia, y qué es el hombre sin esencia humana; un animal más.

Por eso digo: gracias debemos darle al desodorante, al jabón, al cortaúñas y las máquinas de afeitar, porque sin ellas seríamos los mismos cavernícolas de antes. Porque antes decir permiso era lo mismo que meterle un garrotazo en la nuca al que estaba adelante, o enamorar a una pariente de la mancha familiar era lo mismo que arrastrarla de los pelos hasta la cueva –y siempre, previo garrotazo en la nuca- y terminar preguntándose por qué no despertará la señora si sólo se le hizo cariñito.

El antiguo homo erectus, salvaje por naturaleza, parece regresar por estos tiempos, y aunque algunos decidieron convertirse en homo sapiens y se respetan como tal hasta hoy, algunos han optado por meterse de lleno al homo-sexualismo y andan por ahí besándose frente a la catedrales con el fin de provocar escándalos.

Por ejemplo, en la época de las cavernas al viejo nómade del sur le costó un ojo de la cara -y la pierna, un brazo, el medio cuerpo a veces- aprender lo que su colega del norte ya sabía. Que darse un paseíto por la zona de los pterodáctilos, tetradáctilos y gigantosaurios exigía mínimo una extremidad como peaje correspondiente.

El cavernícola sufría.

Se quejaba en la soledad de su mundo porque hacerle la guerra a un mastodonte de cuarenta metros de alto era terminar convertido en guano. Y así se pasó toda su vida, lamentando su destino mientras que sus colegas del norte ya habían inventado la rueda, los safaris en grupos de cien, los mamut a la leña y hasta la comida congelada.

Y él nunca se enteró; lo peor es que nadie se lo dijo. Y claro, como todo primitivo, además de desinformado tenía la cualidad de bestia. Por tanto cuando se enteró de los avances de la ciencia al otro lado del mundo ya tenía por lo menos las nociones de andar vestido sobre el pelaje y quinientos pedradas en la cabeza para aprender que cuando había sol debía quitarse la piel de mamut para no acabar con una escaldadura de los mil demonios. Y que cuando había hielo, debía forrarse con la misma piel de mamut si no quería morir de cólico y a la vez, provocarle un cólico de la patada al tiranosaurio que se lo empujaba como raspadilla.

Así también se extinguieron los dinosaurios; por desinformados.

Por eso es bueno saber –en plena era del internet- que sin alimento en el espíritu el hombre es más infeliz que el mono buscando semillas para la panza -y ya sabemos lo violento que es el monito cuando tiene hambre-. Allí la política no aporta; se trasunta en corrupción, en mal ejemplo, en ese individualismo cancerígeno del qué me importa; con las planillas doradas de algunos funcionarios del Estado y las millonarias indemnizaciones por tiempo de servicios como la del señor Barrios y hasta del mismo presidente García -que ya parece un inimputable- cuando dice que si el narcotráfico aportó $5 mil dólares para su campaña política del 2005 habrá que devolvérselo. Lo que significa que cualquier partido puede recibir dinero de las drogas ¿y después lo puede regresar con un gesto irónico?

Una vergüenza para el partido de la estrella que terminará como Keiko haciendo polladas para devolver de los $5 mil dólares que en realidad son $25 mil porque la camioneta valía la diferencia y a eso no se refirió Alan para regresarle a los Sánchez Paredes.

Vivimos repitiendo el mismo rollo que es más viejo que andar con los pies:

-¡Corrupción!

-Ah… sí, sí, eso siempre va haber.


Y por qué nos quejamos después. Los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. A dónde iremos a llegar; al infinito de la ignorancia sumisa y al desconsuelo, al sufrimiento, la infelicidad postrada en el interior de cada uno de los sobrevivientes. Palos de ciego, como siempre. Y a pesar que lo escribimos terminamos como esos fantasmas extraños que dan miedo. Es una maldición, el catoblepas: uno se consume; se come a sí mismo.


EQM

martes, 3 de noviembre de 2009

Mi terrible insomnio

Anoche no dormí nada debido a mi terrible insomnio. 

Sufrí contando ovejas como loco hasta que se me coló una tortuga entre ceja y ceja. Pensé en un diazepán. No había. Eran las tres de la mañana y a esa hora lo único que podía prolongar, con todos mis intentos por dormir, era el tamaño de mis ojos abiertos que ya parecían dos pelotas de vidrio cuarteado-y eso que dicen que soy medio chino-.

Pensé en leerme las escasas ediciones de nuestro amigo Pardavé, por orden de mi psiquiatra, o las 24 ediciones completitas de Los Andes. Lo hice. Y aunque no me crea empecé a agarrarle curso a la modorra… hasta que tropecé con la columna de Sofía Bejarano… y de nuevo con los ojos hecho vidrio molido.

Y me dije: un bendito insomnio no me puede ganar.

Prendí el televisor desde el control remoto y encendí por error el equipo a todo volumen, y de paso, desperté a los vecinos de a lado junto a sus cuatrillizos de tres meses y medio que chillaron como si Herodes los estuviera matando. Tiré el control remoto, salté desesperado a desenchufar el equipo y lo hice tan bien que lo arranqué de la pared y me quedé con la toma de corriente en la mano junto con un chispazo de 500 mil voltios que fulminó mi lámpara de pie.

Pero qué importa mi lámpara, pensé, mi única intensión era dormir y eso iba hacer… claro, después de que los padres de los cuatrillizos terminaran de maldecirme y de hacer dormir -de nuevo- a su prole. Mientras tanto regresé a oscuras hacia mi cama. Me enredé con el cable del televisor y me caí sobre la alfombra donde casi me trago el control remoto. Me arrastré, me agarré de algo y la lámpara de pie me cayó sobre la cabeza.

Y creo que fue lo único que funcionó porque al despertar me di cuenta que eran casi las ocho de la mañana. Salí disparado a trabajar y me regresé, también disparado por una frase que me lanzaron en plena avenida: ¡inmoral! …porque nadie en este mundo se va trabajar en calzoncillos.

Me vestí desesperado.

Volvía a salir.

Me encontré con un par de sonámbulos que cargaban unos cuatrillizos a punto de lincharme. Me pasé de frente, llegué al paradero y la gente me miró como un bicho raro. Me di media vuelta, regresé. Tenía el pantalón al revés y los zapatos de distinto color. Pero qué mala suerte, eran casi las ocho de la mañana y no podía vestirme bien todavía.

Volví a salir.

Me subí a una combi repleta y me estrené de contorsionista. Me agarró un calambre en la columna vertebral y me doblé hacia una señora que casi me pega una cachetada porque creyó que la quería besar. Me doblé hacia el otro lado y había un grandulón fisicoculturista que también pensó lo mismo. Me cobraron el pasaje. Me di cuenta que no traía la billetera. Me bajaron en medio camino a Puente Nuevo. Intenté regresarme a pie y veinticinco pirañas me cerraron el paso.

Me subí a un taxi de nuevo a mi casa.

El taxista que me llevó era un buen hombre, y lo era porque cuando le conté mi desgracia por el insomnio de anoche me entendió y me esperó en la puerta de mi domicilio a esperar que sacara dinero y le pagara. Pero cuando supo que no tenía la llave –porque la había olvidado adentro de mi casa- y que no podía entrar, me persiguió con un hacha hasta la comisaría de la Huayrona desde donde escribí esto por el resto de la noche porque tampoco tuve sueño.

¿Habrá -digo yo- algún organismo u ONG que se interese por la salud de este insomne vecino de san Juan de Lurigancho?

Pásenme la voz.

sábado, 23 de mayo de 2009

Tierra de nadie

Francamente Puente Nuevo es tierra de nadie.

Hace poco me detuve muy temprano y por primera vez en una esquina de Puente Nuevo. Intentaba inocentemente cruzar de San Juan de Lurigancho a El Agustino, cuando de pronto se apareció una fila de vendedores muy alegres que empujaban cada uno su carrito solidario lleno de desayuno, y que me echaron de la vereda porque ése, me amenazaron también muy alegremente, era su metro cuadrado de trabajo.

Y yo, como soy un caballero educado y muy pacífico no me hice problema. Me fui un par de metros más allá, adonde llegó un vendedor de caldo de rana, luego otro, y luego otro más que me echó diciendo que no sea sapo porque ésa vereda también era su sitio.

Me fui otro par de metros; se presentaron tres vendedoras de pan con torreja que me cuadraron con sartenes y todo porque allí, ellas laboraban desde el año pasado pagando su ticket municipal y necesitan espacio, argumentaron.

-¡…O lo ponemos como torreja, joven!

Pero yo, que soy un caballero educado y muy pacífico, como ustedes imaginarán no tuve otra opción que retirarme otros cincuenta metros más. Allí se presentó una muchacha que arrastraba un cerro de pasteles de choclo. Se detuvo a mi lado, se puso a vender con gritos de ópera. Intenté no prestarle atención mirando el cielo, cuando del cielo me cayó una abuelita, estacionó una carretilla con un montón de artefactos llenos de hollín y se puso a freír sus cachangas.

No me quise mover.

Y apareció un vendedor de jugos, otro de frutas, otro de diarios. Estaba rodeado.

Traté de disimular mi molestia hasta que una lluvia de aceite rancio me salpicó en toda la cara y me tuve que ir medio ciego y sin oír muy bien las maldiciones de la abuelita porque además ya me había quedado sordo y ya odiaba las óperas y los pasteles de choclo para toda mi vida.

Y bueno, como soy un caballero educado y muy pacífico, me volví a largar otros quinientos metros más lejos, de pronto de la nada dos señoras se hicieron mis escoltas ofreciendo en competencia pan con pescado y café, cuadraron un par de bancos detrás mío, un toldo multicolor sobre mi cabeza, y cincuenta mil comensales se agacharon a desayunar como galgos alrededor. Todo fue tan rápido que sin darme cuenta, me vi repartiendo vasos de soya caliente, quáker con manzana por doquier, pan con escabeche y platos arroz con pollo recalentado…

-¡Sale un rico pan con relleno...!

-¡Caramba! ¡Pero qué hago yo aquí! -reaccioné en voz alta.

-¡…Lo mismo decimos nosotras!

Las airadas negociantes armadas con cucharones de palo me miraron feo, llamaron al policía de la cuadra, me corretearon arrojándome café caliente sobre la camisa, una combi casi me mata y cinco vigilantes pensaron que era un ladrón y también me persiguieron de la mano de cinco pitbulls carniceros que ya me saboreaban la pierna. Los comensales del pan con pescado aprovecharon el pánico para darse a la fuga, y un policía me hizo pagar esas diferencias.

Sin plata y a una cuadra de donde estuve al inicio me detuve. Se instaló a mi lado un ferretero al paso, me aparté por enésima vez; luego vinieron diez carretas de emoliente, y de nuevo me botaron. Le siguieron diez cochecitos de gaseosas y me fui sin que me dijeran algo. Diez vendedoras de caldo de gallina me arrimaron, después veinte carretillas humeantes de caldo de mote…

-¡Ya, más allá joven, más allá…!

No sé de dónde salieron como hormigas un montón de puestitos de celulares al paso, varios de yucas fritas, de relojes baratos, de camote asado, de ensaladas de frutas, de...

-Ah, ya sabemos… y como usted es un caballero educado y muy pacífico se fue otra vez más allá.

Me fui.

Sí.

Pero al diablo porque en ese momento ya había perdido la paciencia, y no por pacífico sino por cojudo, que es la palabra exacta con la que se denomina a un caballero educado y muy pacífico que busca un paradero en esta zona de Puente Nuevo, entre San Juan de Lurigancho y El Agustino.

¡Caracho!

martes, 21 de abril de 2009

Los benditos carnavales


A mí nunca me ha gustado bañarme en público; por eso, si existe un mes del año en el que detesto salir a la calle los fines de semana, ése es siempre febrero. 

Y no es que me crea un paria, porque tampoco soy muy casero; pero eso de salir hecho un anís para terminar fusilado con agua de dudosa procedencia y por una tribu de salvajes -también de dudosa procedencia…- es algo que aborrezco.

-¡¡¡Oiga oficial, esos pandilleros acaban de mojarme… además acaba de desaparecer mi billetera!!!

-¡¡¡…Caramba!!! ¡¡¡...Deben ser los mismos que me mojaron el uniforme nuevo!!! …que mal momento. ¿Mi placa…? ¿Alguien ha visto mi placa…?

Pasa en todos los lugares. 

En la calle, el agua te cae desde el último piso de un edificio donde nunca hay nadie; en el bus, por las ventanas, y si tienes las ventanas cerradas las destrozan a globazo limpio con tal de mojarte por las puras alverjas como diría mi abuelo; porque en éste país si la ley existe, ésa es la de la jungla salvaje.

Dicen que antes nuestros tatarabuelos elegían a una reina de la primavera que apenas enseñaba la rodilla, y que para vacilarse rico se ponían duros… pero con la camisa y el saco bien almidonados para moverse al ritmo del mambo, y que para mojar con la vecina… o sea echarle una pizca de agua, lo hacían previo consentimiento de la víctima quien, aunque usted no lo crea, se sentía halagada de recibir semejante chorrito.

Después fueron nuestros padres con la sonora matancera. Se choreaban el talco del bebé y se soplaban entre todos repartiendo picapica de papel metálico por los aires, y sólo cuando había confianza, y bajo contrato estipulado con el marido de la vecina, uno podía mojarla con un balde de agua limpia y a tres metros de distancia, y siempre chequeando el esposo por detrás; aunque al final todos sabemos que terminaban borrachos bailando el fuma el barco, fuma el barco… hasta las últimas consecuencias.

Nuestros abuelos que ya se han muerto -junto con los abuelo de Juaneco- lo pueden certificar previo jueguito de la huija, que puede ser más interesante que jugar a los carnavales.

Eso le sugerí de muy buena intensión a la horda de nativos estacionados frente a mi casa. Y creo que no entendieron el mensaje porque de pronto me acribillaron con globos, betún, pintura y agua pestilente.

Regresé a mi casa -de nuevo- pero más embetunado que los zapatos de Víctor Vega. Me cambié. Estudié media hora la situación con binoculares por la ventana. Volví a salir y la horda ya no estaba.

Mientras esperaba un taxi pasó una combi. Lo detuve. De allí salió un baldazo de agua aceitosa que me dejó un mal sabor -porque estaba con la boca abierta-, y terminé peor que pato flotando en medio de un derrame de petróleo.

Volvía mi casa a bañarme. Volví a salir -y volví a persignarme-. A tres pasos de mi casa cincuenta globazos de agua me llovieron con extraña exclusividad que miré al cielo y maldije buscando al miserable. Cincuenta globazos más volvieron a empozarme las orejas.

-¡Eso te pasa por maldecir! –escuche una voz desde cielo.

Volvía mi casa -por enésima vez-. Ya no me cambié ni me bañé. Estaba decidido. Salí con una maleta de ropa y zapatos limpios para cambiarme en casa de Betzy. Antes de llegar a la esquina doscientos mocosos con globitos de colores, baldes diminutos y talco me acorralaron.

Me dejé acorralar.

Me volvieron a mojar.

Me reí de todos.

Avance unos metros.

Una manada de estrafalarios apareció de nuevo persiguiendo a una muchacha en minifalda que me pidió ayuda y me tomó la mano abrazándome.

De pronto nos acorralaron entre una espesa nube de talco, una ola gigante de pintura de colores y agua oscura que mis ojos se cegaron por un momento.

Cuando por fin abrí los ojos descubrí que en la mano, en vez de mi maleta tenía el asa de plástico de un balde ahuecado.

-¡¡¡Mi maleta…!!! ¿Alguien ha visto mi maleta? -grité.

-¡¡¡Mi revolver…!!! ¿Alguien ha visto mi revolver? –sollozaba alguien a mi lado.

Era el pobre policía hecho un estropajo al que extrañamente estaba agarrándole la mano.

¿Entienden ahora por qué no me gusta salir en carnavales?




sábado, 27 de diciembre de 2008

Estrenamos presidente


La reciente elección de nuestro colega Víctor Vega Paz, como flamante Presidente Del Círculo de Periodistas y Comunicadores Sociales de San Juan de Lurigancho (CPYCSSJL) el pesado 14 de diciembre –pesado porque a pesar de los 300 grados de calor estuvimos fieles en nuestra cola para emitir el voto-, es una señal de nuevas perspectivas para nuestra institución descuidada por muchos de sus asociados.

-Ah… pero su chamba es fácil, oiga usted… que nos dé nuestro carné de prensa y punto.
-¡¡¡No señor. Nada que carné de prensa y punto. Eso ya fue!!!

La tremenda responsabilidad de Víctor Vega terminará dejándolo sin apellido, o sea sin paz, cuando enfrente con baygón a todos aquellos oportunistas que se cuelan en el gremio vendiendo artículos mal escritos y valiéndose del carné para la estafa.

No es fácil ser la cabeza de una institución. Primero porque, los gastos administrativos de coordinación, de representación, de actividades, de papeleo, además del caldo de gallina, saldrán de su propio bolsillo al punto que terminará perdiendo la cabeza. Segundo. Cuando necesite la participación de sus ochenta socios se dará cuenta que sólo cuarenta recuerdan que son socios; veinte los que saben que él ha sido elegido Presidente; diez los que se comprometen a ayudarlo, cinco los que cumplen con llegar –aunque después de tres horas- a las actividades cuando ya todo está hecho; y sólo tres quienes llegamos puntuales a las reuniones de los martes.

Cosa increíble porque cuando hay almuerzo y champaña por el Día del Periodista aparecen quinientos socios incluidos las esposas, las amantes y hasta las empleadas –y con carné de periodista- y con tazón en la cartera para el calentado del desayuno.
Pero esos detalles no intimidan a nuestro nuevo Presidente…

-Víctor, y ese pomito de agua de azahar… ¿para qué es?

Por eso, durante su discurso de juramentación, Víctor ha sido claro y lanzó algunas pepas -de palta para los infiltrados- con las que iniciará su labor a partir del 1º de enero del 2009.

Ha prometido el reempadronamiento oficial con penicilina incluida y con copia certificada a todas las instituciones del país, la recarnetización a gritos de parturienta de todos los socios y bajo el nombre de Socio y NO de Prensa como hasta hoy por la mañana usan algunos gacetilleros que prostituyen la chamba para su mermelada. Y entre ellas, un rol de actividades que incluyen la capacitación a través de universidades de prestigio. Eso para empezar, como quien dice de entradita.

Su iniciativa es prometedora y da pie para que su Plancha Directiva donde se incluyen nombres como el de Elizabeth Quispe, Néstor Rojas, y el que escribe, se comprometa aún más en su proyecto de redondear la imagen del Círculo de Periodistas en el distrito.

-Oiga pero pajarito me ha dicho que no invitan a las reuniones…

A ver, cómo le explico. A mí pajarito me dijo que el alcalde había sido defenestrado y que en su lugar estaba nuestro amigo Ronquillo dando amnistía tributaria retroactiva a cincuenta años atrás. Qué le parece.

Pero lo importante aquí no es lo que digan los demás sino lo que en adelante debemos hacer para apoyar la labor de Víctor Vega; estimular la cooperación que de muchos no tuvo Oscar Larenas durante sus dos años de labor. Si los asociados no aportan, no vienen a las reuniones, no cumplen los compromisos… No joroben pues. Así no se puede hacer nada.

Pero aquí entre nos, habría que pedirle a nuestro colega Larenas vaya entrenando a Víctor Vega en algunas de las tareas de mago, cuando organice los desayunos en Asentamientos Humanos y no tenga ni siquiera un solo centavo; cuando vea de dónde saca los trescientos almuerzos del Primero de Octubre, fondos para las actividades sociales, plata para los locales, para las charlas, los forum de medio año.

Conseguir donaciones no es sencillo, porque ni siquiera hay sencillo para las llamadas por teléfono. Torear los gastos es imposible, invitar personalidades, mantener buenas relaciones –sociales no sexuales-, mover todo un aparato logístico –además de rezarle a la virgencita tres días antes para que todo salga bien-, no es fácil. A ver usted récele a la virgencita del parque y haga aparecer un sol. De hecho que virgencitas no va encontrar, y lo que encuentre le va hacer gastar más de un sol, créame. ¿Terrible, verdad?

La mayoría de veces todo ha procedido gracias a la confianza y la integridad de quien coordina las actividades, y en este caso, la imagen de Oscar Larenas como Presidente ha hecho posible, hay que decirlo, muchas de las actividades que la sóla imagen de nuestra institución no hubiera podido conseguir.

Adolecemos de ello, de imagen. No se pueden remendar los objetivos del Círculo de Periodistas en base a una persona –pero sí se puede remendar los bolsillos de nuestro nuevo Presidente y del que escribe esto, de seguro que sí-.

Ésta tiene que ser una labor conjunta. No importa la cantidad, sino la calidad de socios que El Círculo de Periodistas y Comunicadores sociales de San Juan de Lurigancho pueda albergar. 

Por ello, como institución su trabajo deberá tener la integridad moral y la capacidad hacer respetar el ejercicio profesional periodístico y respaldar a sus asociados ante cualquier atropello de quien no quiera respetarla.

Éxitos a nuestro amigo Víctor Vega y a su nueva Directiva.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Las neuronas de Gutiérrez


Estoy de acuerdo. El burro es y será, por excelencia, el animal doméstico que pertenece a la familia de los que no entienden, y que a su vez se clasifican en el orden de los más obstinados ejemplares de la bestialidad humana.

-Oye Gutiérrez, deja eso que te vas a electrocutar…

-No… que yo sé arreglar, hombre. Todas las cafeteras son iguales…

Y al rato nuestra cafetera le explotó en la cara convirtiéndolo de blanco a negrito de tribu Ponapé, achicharrándole con justicia las pestañas, apagando todas las computadoras de la cuadra, movilizando a quinientos curiosos que ya habían llamado a los bomberos y dejándonos el desayuno con Inca Kola en vez de café.

-Oye Gutiérrez no desarmes la fotocopiadora que es nueva…

-No… ¡ya está ya…! Sólo movemos este cable… y…

…Y la madrugada del viernes se la pasó aderezando encuentro, pechuga y pescuezo, y repartiendo polladas durante el almuerzo para costear el bendito mantenimiento que hasta hoy no termina de pagar.

¿No es acaso un burro este señor?

En la oficina siempre hay un tarado que destaca por sus cualidades de bestia. Y claro, decirle burro -con el perdón del más respetable onagro o el más débil de los burdéganos de la sabana- es una ofensa para estos animalitos de Dios que no son burros por el puro gusto de dar la contra.

Si un burro se sienta y dice no camino más cuando usted le habla, no lo hace. Primero porque está cansado y porque cuando está cansado se merece un descanso, y los burros, así como su amante la mula tienen un increíble sentido de valoración por su existencia. Y segundo, porque a los burros así usted le hable en 14 idiomas jamás le va entender porque es un animal y si usted insiste terminaría siendo más animal que el burro, pero bueno.

-¡Estoy hasta la herradura y no me insitas porque te agarro a patadas…!

Y una patada de burro es como para que la soporte, con más justicia, otros burros como Gutiérrez y sus íntimos, porque todo burro tiene íntimos, y si se dan cuenta, siempre se junta con otros burros que relinchan cada sandez. Aparte que se reproducen en la oficina peor que los hongos.

-Para mí el padre del marketing siempre va ser Carlos Marx.

-Ah sí… sí lo he leído. El que escribió hace tiempo Los dueños del Perú.

Allí me di cuenta que la estupidez humana también es causa o por lo menos induce a la catalepsia, porque así me quedé.

Díganme, por Dios. ¿Esto no es una masacre al sentido común y las neuronas?

Entendí que la bestialidad había alcanzado la estratosfera cerebral de Gutiérrez y de su amigo comiéndose hasta el último de sus nervios cerebrales, pero haciendo un esfuerzo sobrehumano reaccioné, levanté mi almuerzo y me alejé quinientos metros hasta la cafetería donde Flor degustaba un delicioso postre de calabaza, y de paso resolvía un crucigrama. Al sentarme a su lado me preguntó al aire:

-Revolucionario argentino-cubano de tres letras…

-¡Carlos Marx…! ¡Carlos Marx…! -respondí, como si fuera una grabadora automática debido a semejante diálogo que me fulminó el sentido común.

A la pobre Flor Flores que había quemado cerebro cinco años en la universidad estudiando sistemas y que era lectora de Kafka y Saint - Exupery, hasta ahora no le encuentran las pepitas de la calabaza que se le impregnaron hasta en el cerebro de la impresión. 

Me han dicho que soy el culpable y que otro día no sea un burro a la hora de contestar.

Y toda la culpa la tiene Gutiérrez y sus neuronas.